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La vida es un préstamo

El verano ya está acabando.

Aunque todavía nos queda algún día de playa, esos días largos, sin horarios y con la sensación de que el tiempo se ha detenido empiezan a quedar atrás.

En una de mis últimas visitas a la playa, tenía delante a una pareja que no dejaba de conversar. Hablaban de una manera ágil, fluida, con esa complicidad que hace pensar que llevan muchas conversaciones compartidas a sus espaldas.

Era un día entre semana y la playa estaba muy tranquila.

Y, de repente, una frase me llamó la atención:

“La vida es un préstamo.”

No pude evitar escuchar un poco más.

Por lo que pude deducir de la conversación, él había pasado por un problema de salud grave. Y, a partir de aquel momento y de su recuperación, había tomado una decisión: vivir la vida y vivir cada día de esa vida.

Me quedé pensando en aquella frase.

La vida es un préstamo.

Y me surgió una pregunta que todavía me acompaña:

¿Es necesario pasar por una situación traumática, por un susto enorme o por una experiencia que nos coloque frente a nuestra propia fragilidad para entender que la vida es una sola y que pasa muy rápido?

Probablemente no. Y así lo quise plantear también en mi anterior post Dar más vida al tiempo

Pero muchas veces parece que necesitamos que algo nos sacuda para empezar a hacernos preguntas que ya estaban ahí.

Y entonces pensé en el trabajo.

En las personas con las que me encuentro en mi día a día como consultora.

Personas instaladas en la queja. Personas que no disfrutan con su trabajo. Que hablan mal de su posición, de su rol, de sus jefes o de la empresa. Personas que llevan tiempo sintiéndose incómodas, frustradas o desconectadas.

Y no quiero frivolizar con esto.

Tenemos un problema real.

En España se registraron 671.618 procesos de incapacidad temporal por trastornos mentales y del comportamiento en 2024, un 136% más que en 2016, según el informe Salud Mental y Trabajo 2025 de UGT. Informe Salud Mental y Trabajo 2025 — UGT

El absentismo también está en cifras muy elevadas: según Adecco, la tasa alcanzó el 7,68% en 2025, su máximo histórico. XV Informe Adecco — Indicador de Absentismo

Detrás de estas cifras hay personas.

Y las causas son múltiples. No todo lo que sucede en el trabajo explica una baja por salud mental. Pero tampoco podemos ignorar que pasamos una parte enorme de nuestra vida trabajando y que la manera en que vivimos ese trabajo forma parte de nuestra vida.

Por eso, en mi trabajo como consultora, llega un momento en el que me pregunto cuánto debemos escuchar y cuándo debemos empezar a confrontar.

Porque escuchar es necesario.

Hay quejas que tienen todo el sentido. Hay malos liderazgos, decisiones injustas, organizaciones que funcionan mal y situaciones que objetivamente necesitan cambiar.

Pero también hay una pregunta que, tarde o temprano, creo que debemos hacernos:

Si estás donde estás y aceptas seguir estando, ¿qué te está aportando?

¿Qué ganas quedándote?

¿Qué pierdes si te vas?

¿Cuál es el peor escenario que te planteas en cada una de las dos opciones?

¿Qué es aquello que te mantiene unido a algo que, al mismo tiempo, dices que tanto te desagrada?

Y una pregunta todavía más incómoda:

Si decides quedarte, ¿puedes dejar de vivirlo como algo que te sucede y empezar a asumirlo como una decisión propia?

Porque también decidimos cuando no hacemos nada.

Decidimos cuando nos quedamos.

Cuando seguimos posponiendo una conversación.

Cuando aceptamos unas condiciones.

Cuando preferimos la seguridad de lo conocido a la incertidumbre de lo que podría venir.

Y no siempre está mal quedarse.

A veces quedarse es exactamente lo que queremos.

Lo importante es saberlo.

Elegirlo.

Y poder estar en ese lugar sin sentir que nuestra vida está ocurriendo mientras nosotros esperamos que cambie.

Porque no dejamos nuestra vida en la puerta de la empresa.

También ahí estamos viviendo.

Quizás por eso aquella frase de la playa se me quedó dentro:

La vida es un préstamo.

No sabemos exactamente cuánto tiempo tenemos.

Lo que sí sabemos es que el tiempo que tenemos no vuelve.

Y que hay decisiones que podemos tomar.

Cambiar.

Pedir.

Marcharnos.

Quedarnos.

Aceptar.

Confrontar.

Agradecer.

Disfrutar.

O dejar de quejarnos de una decisión que, aunque no nos guste reconocerlo, seguimos tomando cada día.

No se trata de vivir como si cada día fuera el último.

Quizás se trata de algo más sencillo:

vivir de una manera que haga que el día de hoy también merezca la pena.

Porque la vida es una sola.

Y, sí…

es un préstamo.

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