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Dar más vida al tiempo

Hoy he escuchado el podcast ¿Y si tu hijo enferma? ¿Qué queda cuando no hay cura?, de Isabel García, en Roca Project. Es un episodio que toca temas profundos, de los que no se olvidan fácilmente. En un momento, Isabel dice algo que me ha acompañado el resto del día:

«No se trata de darle más tiempo a la vida, sino de darle más vida al tiempo.»

Es una frase que nace de una experiencia que poco tiene que ver con mi trabajo, y quiero decirlo con toda claridad: no pretendo compararlo ni ponerlo al mismo nivel. Pero hay frases que, aunque surjan de contextos muy distintos, abren una puerta y nos ayudan a mirar lo propio con otros ojos. Y esta, para mí, lo ha hecho.

Porque si lo pienso bien, gran parte de mi trabajo consiste, precisamente, en eso: en ayudar a las personas y a los equipos a darle más vida al tiempo que pasan trabajando.

Una parte importante de la vida

Una parte muy importante de nuestra vida transcurre en el trabajo. Allí invertimos horas, energía, talento, ilusiones, frustraciones, aprendizajes y relaciones. Allí tomamos decisiones que afectan a otras personas. Allí construimos, muchas veces sin ser plenamente conscientes, una parte de quiénes somos.

Y sin embargo, no siempre nos detenemos a preguntarnos qué tipo de experiencia estamos creando para nosotros mismos y para quienes nos rodean.

En otro post ya os hablé de la diferencia entre Kronos y Kairós. No me voy a repetir pero es importante conectar con el Kairós. Aquello que le da sentido a nuestro día a día: Tenemos tiempo, tenemos vida

Las organizaciones suelen poner el foco en los resultados, los indicadores, los procesos o la eficiencia. Y es lógico que así sea: son elementos necesarios para sostener cualquier proyecto colectivo. Pero las personas necesitamos algo más que eso. Necesitamos entender para qué hacemos lo que hacemos, sentir que contribuimos, confiar en quienes trabajan con nosotros, poder mantener conversaciones honestas y encontrar un significado que vaya más allá de la tarea inmediata. Desde Solorelatio lo defendemos con nuestro Modelo de Valor Total.

Y sé que esto no es así para todo el mundo. Me encuentro también a muchas personas que, simplemente, esperan que pasen las horas. Que llegan a su puesto de trabajo sin ilusión, que miran el reloj con la sensación de que el tiempo no avanza, que no están a gusto con lo que hacen ni con cómo lo hacen. Y creo que ahí, precisamente ahí, es donde más sentido tiene poner el foco en el bienestar. No como un complemento o un lujo, sino como algo necesario para que ese tiempo de trabajo no se convierta en tiempo perdido, o incluso en tiempo que nos desgasta y nos resta vida.

Más allá del liderazgo o la comunicación

Por eso, cuando acompaño a equipos, directivos y organizaciones, rara vez tengo la sensación de que estemos hablando únicamente de liderazgo, comunicación, cooperación o gestión emocional. En el fondo, casi siempre estamos hablando de algo más sencillo y, a la vez, más complejo: de cómo convivimos, cómo nos relacionamos, cómo tomamos decisiones, cómo gestionamos las diferencias y cómo construimos confianza. De cómo creamos contextos donde las personas puedan aportar lo mejor de sí mismas.

Y, en el fondo, de cómo damos más vida al tiempo que compartimos trabajando.

No se trata de que el trabajo sea perfecto, ni de que desaparezcan los conflictos, ni de que todas las personas piensen igual. Eso no va a ocurrir, y probablemente no debería. Se trata, más bien, de construir espacios donde haya más respeto, más escucha y más responsabilidad compartida; espacios donde las conversaciones difíciles se afronten en lugar de evitarse, donde las diferencias no se conviertan automáticamente en enfrentamientos, y donde las personas puedan sentirse vistas, valoradas y tenidas en cuenta.

A lo largo de los años he comprobado que, cuando esto ocurre, los resultados mejoran. Pero, sobre todo, mejora algo más importante: la experiencia humana de trabajar juntos. Y eso tiene un valor enorme.

Las organizaciones están hechas de relaciones

Más allá de los proyectos, los objetivos o los organigramas, las organizaciones están hechas de relaciones. Y las relaciones tienen la capacidad de desgastarnos o de hacernos crecer, de restarnos energía o de multiplicarla, de encerrarnos en nosotros mismos o de abrirnos a posibilidades que antes no veíamos.

Por eso sigo creyendo que vale la pena dedicar tiempo a fortalecer la confianza, la cooperación y la calidad de las conversaciones. Quizá no siempre podamos añadir más tiempo a los proyectos, a las agendas o a las jornadas. Pero sí podemos contribuir a que las personas encuentren más sentido en lo que hacen, en cómo se relacionan y en lo que construyen juntas.

Y cuando una conversación abre posibilidades, cuando un equipo aprende a cooperar mejor, o cuando alguien encuentra una nueva forma de mirar su realidad, algo importante sucede: en las personas, en los equipos y en las organizaciones.

Al final, el propósito de mi trabajo, pone el foco precisamente en eso: en ayudar a darle más vida al tiempo.

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