Te invito a un juego de atención: tomemos cierta distancia y escuchemos el lenguaje que usamos los directivos como si lo hiciéramos por primera vez. Y lo que podemos llegar a vislumbrar es una verdadera epopeya. Hablamos de propósito y de misión. De jerarquía y de mando. De líderes y de pertenencia. Palabras grandes. Palabras que no nacieron en un despacho o en la fábrica: provienen del campo de batalla, de la corte, de la gesta y, no nos engañemos, también de la liturgia.
Escudriñémoslas de cerca.
Propósito. En las novelas épicas es la causa: aquello por lo que el viaje vale la pena, lo que sostiene al héroe cuando todo se tuerce. En la empresa es el para qué existimos más allá de ganar dinero. Y que, cuando es real facilita ordenar y encausar las decisiones. Pero cuando son adorno y decoración son una efectiva fábrica de cinismo.
Misión. Es el gran encargo derivado del propósito. La tarea encomendada, con objetivo y final reconocibles: destruir al enemigo, tomar la colina, conquistar el territorio. En la empresa, el qué hacemos y para quién lo hacemos. Pero es una misión co-construida o una misión encargada por alguien. ¿Quién nos ha hecho el encargo para el que trabajamos?
Jerarquía. Del griego “hieros-archein” y que significa el gobierno de lo sagrado. La jerarquía es la que da orden a la hueste y a la corte: quién señala quien está más cerca del rey, el escalafón que permite que mil personas actúen como una. En la empresa plasmada en el “instrumento” del organigrama. Así que cada vez que pedimos «respetar la jerarquía» estamos invocando más de lo que creemos.
Mando. Palabra que tomamos prestada del ámbito militar: es quien conduce la tropa en el terreno y responde por ella. En la empresa, curiosamente, el término se ha degradado: «mando intermedio» ya no nombra al que conduce, sino al que está atrapado entre capas, y sosteniendo las presiones de arriba y las exigencias de abajo.
Líder. El que inspira y conecta. El guía. El que da sentido al esfuerzo de otros y hace que quieran, no solo que deban. En la empresa, un título tan inflacionado que hoy se aplica a casi cualquier rol. Y cuando todos son líderes, nadie dirige.
Pertenencia. El clan, la hermandad de armas: pertenezco porque me juego algo contigo y tú conmigo. Es el lazo inquebrantable que une a los que comparten los mismos retos y peligros. En la empresa, un indicador de las encuestas de clima que intenta medir la calidad del vínculo de los colaboradores con la empresa.
Compañía. Es como se nombra una unidad militar y que hemos encumbrado para nombrar a las grandes empresas. Y en esto algo que me fascina: compañía viene del latín cum panis, los que comparten el pan. La palabra nombró a la unidad militar y a la hermandad antes que al ente mercantil. Heredamos el nombre. ¿Pero hemos heredamos el pan compartido?
¿Por qué tanta épica para algo tan terrenal?
Porque el contrato laboral regula la presencia y la tarea a cambio de salario, pero no implica la entrega y compromiso del colaborador al proyecto de empresa. Lo que una organización necesita para crecer, desarrollarse y sostenerse es confianza, cooperación, iniciativa, cuidado y esfuerzo, ingredientes que nadie puede exigir por escrito y que solo se pueden inspirar.
Y la épica es la tecnología narrativa más antigua que existe para lograrlo. El préstamo, por tanto, no es absurdo, es pura racionalidad.
Y es ahí en donde podemos caer en una trampa. La de adoptar el lenguaje que moviliza sin asumir lo que ese lenguaje compromete. La palabra épica eleva la expectativa, pero la gestión cotidiana, demasiadas veces, la incumple. Y una promesa grande incumplida genera más cinismo que una promesa pequeña cumplida. La gente no se desengancha del trabajo: se desengancha de la distancia entre el discurso del lunes y la decisión del martes.
Los datos acompañan la sospecha. Nunca ha habido tanta épica en el discurso directivo y nunca tan poco compromiso medido: según Gallup, el compromiso global de los trabajadores cayó al 20% en 2025, su nivel más bajo desde la pandemia, y Europa lleva años en el vagón de cola mundial. Sin embargo para ser riguroso, los números de Gallup no asignan como responsable a la retórica señalan simplemente la falta de engagement de los managers. Pero permitidme la hipótesis: si tanta épica funcionara como promete, estos números deberían ser otros.
Y no digamos de los datos sobre por qué dejan los colaboradores las empresas publicados por el Future for Work Institute.: 3 de cada 4 empleados en organizaciones españolas dejan su puesto por causas relacionadas con su jefe directo o su desarrollo profesional. El 64% señala trato injusto del supervisor; el 66% dice que no se sentía escuchado. Más del 90% de las rotaciones voluntarias se deben a factores sobre los que la empresa podría haber actuado.
El liderazgo como negocio
Y aquí conviene mirar, con más comprensión que reproche, un fenómeno que conozco bien porque yo mismo transito por su mismo paisaje: el del divulgador del liderazgo. Su trabajo responde a una necesidad real: pone palabras a lo que muchos directivos sienten, pero no saben, o saben pero no se atreven a decir. El riesgo no está tanto en quien presta esas palabras como en quien las toma prestadas para no tener que pronunciarlas, y sostenerlas, él mismo. Cuando la palabra épica se externaliza, la organización sale inspirada del auditorio… y nada cambia al día siguiente. Con lo que la inconsistencia y la brecha aumenta. Es pura entrega litúrgica. Y toda una industria corre el riesgo de instalarse cómodamente en esa brecha entre lo que se predica y lo que se practica.
Intercambiemos los términos
Quizás el error ha sido este: poner la dirección al servicio del liderazgo, cuando el orden correcto es el contrario. El liderazgo no es el oficio; es una competencia del oficio. No lo digo solo yo: abrid cualquier diccionario de competencias y encontraréis el liderazgo como una entrada más entre las competencias del directivo. Una capacidad para orientar la acción de un grupo en una dirección determinada, inspirando y fijando objetivos con seguimiento y feedback. Una competencia más junto al pensamiento estratégico, la integridad, el desarrollo del equipo o la orientación a resultados.
El liderazgo es la competencia legítimamente épica del directivo: la que trabaja con sentido, inspiración y conexión. El problema llega cuando esa competencia coloniza el oficio entero y todo el lenguaje del directivo se vuelve gesta incluidos los ámbitos donde lo que se necesita es la prosa del “jefe”: decidir, organizar, exigir, medir, corregir. De esa colonización nace la incoherencia. Prometemos epopeya en el discurso y entregamos gestión en el día a día.
Una pregunta final a masticar
Una pregunta que se la escuché a mi amigo y colega Jordi Garriga. Él formula la pregunta que da la vuelta a todo esto, y que me parece el único cierre honesto a este post . El discurso del engagement pregunta: ¿cómo consigo la pertenencia de mi gente? La suya pregunta: ¿somos dignos de la pertenencia y compromiso de nuestra gente?
La diferencia no es retórica. La primera trata la pertenencia como un recurso a extraer. La segunda, como algo que se merece. La épica auténtica, la de verdad, la que sostiene a un equipo en la dificultad, no se declama en la tribuna: se gana con actos. Las palabras grandes solo son legítimas cuando la conducta las respalda.
Así que la próxima vez que pronunciemos propósito, misión o pertenencia, hagámoslo sabiendo lo que esas palabras prometen. Y preguntémonos, antes que nada, si somos dignos de ellas.
#seguimos