El cuerpo pasa factura cuando quiere. No avisa, no negocia el calendario, no consulta la agenda, no pregunta si el proyecto está en su fase crítica. Simplemente da un golpe encima de la mesa y dice: hasta aquí!
Y ahí te encuentras. Parado. Con todo el tiempo del mundo y ninguna idea de qué hacer con él.
Siempre me imaginé la experiencia del dolce far niente como si fuera un jardín. Pero esta vez la he vivido como estar en una cacharrería. Y, obviamente, entré en ella como un elefante: torpe, ancho, rompiendo cosas sin querer, tratando de moverme con la delicadeza que quizas nunca me hizo falta. Durante décadas he sabido moverme en el ruido. En el silencio ahora me siento un principiante.
Lo difícil es sostener lo simple
Cerrar los ojos. Eso es todo. Cerrar los ojos y renunciar a cualquier actividad que suponga algo distinto de respirar.
Suena a poco pero es lo más difícil que he hecho en años.
Porque a los tres minutos aparece la mano buscando el móvil. Y el pensamiento que se disfraza de idea productiva para colarse por la puerta de servicio. Y el libro que está ahí, tan cerca, y que sería casi un descanso. Y el podcast, que total, es escuchar. Y el correo, que solo voy a mirar.
Todas esas cosas tienen un origen: la necesidad de recibir impactos que exciten mi interés. Una inercia que, si la reconoces, hemos entrenado durante años, que hemos llamado curiosidad, aprendizaje, compromiso, pasión por lo que hacemos. Y que, simplemente, es incapacidad de estar sin que algo nos suceda.
Esa inercia de la acción mata. Despacio y con buena letra, pero mata.
Detrás de la bruma de la acción había cosas esperando
Y esta es la parte que no esperaba.
Cuando por fin sostienes el silencio unos días (y hablo de días, no de una sesión de veinte minutos entre reunión y reunión) empiezan a aparecer ideas. Y lo desconcertante es que ninguna es nueva. Todas estaban ahí. Llevaban meses, algunas años, esperando a que se levantara la niebla.
La acción tiene esa cualidad de bruma: te permite avanzar y a la vez te impide ver el paisaje. Uno se mueve mucho y ve poco. Se cree despierto porque está ocupado.
Han aparecido tres. Tres ideas sobre tres cosas: las relaciones, el conocimiento y el propósito.
No traigo otras. Me gustaría decir que las he elegido por su elegancia o por su orden interno, o por que forman un modelo, o por que se sostienen entre sí como las patas de un taburete. Nada de eso. Son las que han venido. Sin más. Cuando uno deja de buscar, lo que aparece tiene el mérito de no haber sido convocado, y ese mérito me parece suficiente para escribirlas.
Uno. Las relaciones se leen mejor desde la quietud
Lo primero que se ve con nitidez cuando la bruma se levanta son los vínculos. Quién estuvo. Quién apareció y con qué. Quién se hizo el distraído. Qué relaciones aguantan el peso de una mala noticia y cuáles resultaron ser acuerdos de conveniencia bien decorados.
Y también, con la misma nitidez, cuales he estado sosteniendo por costumbre, por lealtad mal entendida o por pura falta de tiempo para mirarlo.
Ninguna de esas lecturas exige un juicio. Exigen una decisión, que es otra cosa.
Dos. El conocimiento tiene un destino y algunos lo han olvidado
Desde la quietud se ve algo más. Y ese algo más genera una mezcla de comicidad y de lástima.
Hay quien ha convertido el conocimiento en un monasterio. Son gente brillante, leída, con la cita precisa siempre a mano y el marco teórico impecable. Son gente que discute con elegancia y que rara vez se equivoca en la forma. Monjes de la epistemología. Miembros de una orden cuya regla consiste en tener la razón de su lado.
El conocimiento, si es útil, sólo existe para convertirse en acción. Para cambiar algo en alguna parte: en alguien, en un equipo, en una decisión que mañana se toma distinta. Cuando deja de hacer ese viaje se queda dando vueltas sobre sí mismo, buscando su propio placer, celebrando su propia coherencia. Un éxtasis privado que no toca el suelo.
He visto conversaciones enteras, y algunas las he protagonizado, en las que el objetivo real era ganar. Ganar el argumento, ganar la sala, ganar el punto. Y al terminar, todos los presentes seguían exactamente en el mismo sitio.
A los monjes de la epistemología les incomoda profundamente la pregunta que se desprende del trabajo de Marshall Rosenberg: ¿qué quieres, tener razón o avanzar?
Es una pregunta hostil para el ego y generosa con la vida. Y casi nadie la contesta en voz alta.
Tres. El propósito es más pequeño de lo que nos han vendido
Y llega la tercera, que es la que más me ha costado sostener.
Cuando el cuerpo te para, la vida te enseña su tamaño. Y su tamaño es una inmensidad frente a la cual uno es nada. Nada en el sentido literal y tranquilo del término: un episodio brevísimo, prescindible, hermoso y menor.
Desde ahí, la industria del gran legado se ve por lo que es. Un consuelo para egoicos descreídos. Gente que no cree del todo en la vida y necesita dejar una placa con su nombre por si acaso. Hemos convertido el propósito en un ejercicio de tamaño: cuánto impacto, cuánta huella, cuánta escala. Y hemos dejado fuera lo único que tenemos garantizado, que es este rato.
Los ingleses lo dicen con un verbo que nosotros partimos en dos. Ellos tienen to be, y ahí dentro caben el ser y el estar sin diferencias. Nosotros elegimos: o somos alguien o estamos aquí. Sospecho que el propósito vive justo en esa espacio que ellos no tienen. Estar presente y ser uno mismo, a la vez, en el mismo gesto, sin diferir el segundo verbo a cuando haya tiempo.
Es un propósito de talla pequeña. Y cuesta muchísimo más que el otro.
Septiembre
Parar por obligación tiene algo de pequeña humillación. El cuerpo decide, tú acatas, y el personaje se queda de pronto sin guion.
Porque todos habitamos un personaje. El mío está bien construido y lleva años de rodaje: el que sabe, el que responde, el que resuelve, el que llega, el que sostiene la sala cuando la sala se tuerce. Un traje bien cortado, cómodo, hecho a medida de lo que se esperaba de mí. Pero traje al fin y al cabo: algo que se pone encima. Pero entre la tela y la piel hay unos centímetros. Y esos centímetros son los que dibujan un umbral. El umbral separa lo que ese señor hace de lo que yo soy.
Y conozco bien la medida de ese umbral. Cruzarlo es buena parte de mi oficio. La identidad vive al otro lado, en la piel, a unos centímetros escasos que se tardan años en recorrer. Y ese umbral se cruza de una sola manera: resolviendo las trampas con las que el personaje nos envuelve. La trampa de tener que saber. La de quedar bien. La de sostener siempre. La de ganar la conversación. Cada una de ellas parece una virtud profesional y funciona como un cerrojo.
Llevo años acompañando a directivos hasta esa puerta y ayudándoles a soltar cerrojos, porque al otro lado es donde el trabajo empieza a tener fuerza. Una conversación sostenida desde la identidad mueve cosas que ninguna técnica mueve, y quien la sostiene lo nota en el cuerpo antes que en los resultados. Trabajar desde ahí, siempre, es lo que busco, aunque no siempre se consiga.
En unos días arranca la nueva temporada. Volverán las decisiones, la agenda, las propuestas, las salas, los equipos, los proyectos que llevan meses esperando. Y volverá también, intacta, la inercia de recibir impactos que exciten mi interés. Volverá el personaje a buscar su traje, planchado y a punto, y con él la tentación de quedarme en este lado del umbral, que se cruza en un paso y cuesta una vida entera.
Así que dejo escritas las tres, para poder releerlas cuando la bruma vuelva a subir.
Las relaciones que sostengo este curso serán las que elija, con la lectura hecha y la decisión tomada. El conocimiento que ponga sobre la mesa tendrá que llegar a la acción de alguien, con el monje de la epistemología que también llevo dentro sentado al fondo y en silencio. Y el propósito tendrá el tamaño exacto de estar de cuerpo entero en la conversación que toque, cada vez, sin el personaje por delante.
Sigo siendo un elefante en la cacharrería. Sigo rompiendo cosas. Pero empiezo a sospechar que la capacidad de estar quieto es una competencia profesional de primer orden, y que la hemos dejado fuera de todos los planes de desarrollo directivo que hemos escrito.
Cuidado con confundir el movimiento con el avance. Y cuidado con la vida que te obliga a parar para que veas lo que llevaba años delante de tus ojos.
Y así #seguimos. Buena temporada!