Cuando la metáfora abre lo que la razón cierra.

Ante esta imagen podemos llegar a estar de acuerdo en lo que vemos.
El mar.
El horizonte.
El faro.
Probablemente, si preguntara en un auditorio, habría bastante consenso en la descripción objetiva. Incluso podríamos añadir algunos elementos más: la luz, el acantilado, la calma del agua, la amplitud del cielo.
Hasta aquí, la razón funciona bien. Observa, clasifica, nombra.
Pero algo muy diferente ocurre cuando damos un paso más y nos preguntamos:
¿Qué nos evoca esta imagen?
Ahí la conversación cambia por completo.
Porque ya no hablamos de lo que vemos… sino de lo que sentimos al verlo.
El sol, el mar y el cielo azul, lo que la razón ve, son 3 ingredientes fundamentales en mi vida. No siempre los puedo escoger pero puedo ir a buscarlos cuando lo necesito. A mí, por ejemplo, esta imagen me evoca paz.
Me evoca energía.
Bienestar.
Calidez.
Tiene algo de pausa y, al mismo tiempo, de impulso. Como si recordara la importancia de parar para volver a mirar lejos.
No sé si en esto estaríamos tan de acuerdo en un auditorio.
Seguramente alguien diría que le transmite soledad.
Otra persona hablaría de inmensidad… incluso de vértigo.
Puede que alguien conectara con la idea de responsabilidad —ese faro que no puede apagarse—.
O con la nostalgia de lo que queda atrás cuando miras al horizonte.
Y aquí aparece algo fascinante:
La imagen es la misma.
La experiencia es distinta.
Lo que proyectamos cuando miramos
Las metáforas funcionan precisamente por eso.
Porque cuando miramos una imagen, un objeto o una escena simbólica, no vemos solo lo que está fuera… vemos también lo que llevamos dentro.
Nuestra historia.
Nuestro momento vital.
Nuestras preocupaciones.
Nuestra energía disponible.
Por eso, en desarrollo organizacional, cuando utilizamos metáforas, no buscamos describir la realidad de forma más bonita.
Buscamos algo mucho más útil:
Acceder a cómo las personas están viviendo esa realidad.
De la descripción al significado
Si en una sesión pregunto:
“¿Cómo está hoy el equipo?”
Las respuestas suelen ser rápidas… y racionales:
- “Bien.”
- «Mal».
- «Estresado»
- “Con carga de trabajo.”
- “En un momento exigente.”
- “Alineados, en general.”
No es que no sea cierto. Pero es superficial.
Sin embargo, si lanzo otra pregunta:
“Si este equipo fuera un paisaje… ¿cuál sería?”
Entonces aparecen otras capas:
- “Un mar en calma, pero con tormenta acercándose.”
- “Una montaña que hemos subido juntos.”
- “Un puente en construcción.”
- “Un faro en una noche de niebla.”
Y, de pronto, la conversación se vuelve mucho más rica. Más honesta. Más profunda.
Porque ya no hablamos desde el rol… hablamos desde la vivencia.
Lo que la metáfora permite decir sin señalar
Hay algo especialmente valioso en esto.
La metáfora protege.
Permite expresar tensiones, miedos o percepciones sin necesidad de señalar directamente a nadie.
No es lo mismo decir:
“No tenemos dirección clara.”
Que decir:
“Siento que navegamos sin faro.”
El contenido puede ser similar… pero el impacto relacional es muy distinto.
La metáfora suaviza la defensa y amplía la escucha.
Generan espacios conversacionales que no siempre se abrirían desde la razón.
Espacios donde puede haber encuentro… y también discrepancia.
Donde lo simbólico permite nombrar percepciones distintas sin que eso rompa el vínculo.
Porque cuando hablamos desde una imagen compartida, el desacuerdo no se vive como ataque, sino como diversidad de mirada.
De hecho, muchas veces lo que emerge no es solo alineamiento… sino también silencios que estaban operando por debajo.
Silencios prudentes.
Silencios incómodos.
Silencios que evitaban conflicto… pero también profundidad.
Si te interesa profundizar en cómo el silencio impacta en la dinámica de los equipos, aquí compartimos una reflexión complementaria:
👉 https://solorelatio.com/el-doble-filo-del-silencio-en-los-equipos/
Porque tan importante como generar conversación… es entender qué pasa cuando no la hay.
Volviendo a la imagen
Si volvemos al faro de la imagen, podríamos abrir muchas conversaciones en un equipo de dirección veterano:
- ¿Sentimos que hoy somos faro para la organización?
- ¿Nuestra luz sigue llegando lejos?
- ¿Iluminamos… o también necesitamos ser iluminados?
- ¿Estamos firmes… o desgastados por el tiempo y la intemperie?
Fíjate que ninguna de estas preguntas es técnica.
Y, sin embargo, todas son profundamente estratégicas.
Porque hablan de visión, energía, rol y futuro.
Cuando la razón pone filtros
Decía al inicio que solemos estar de acuerdo en lo que vemos.
La razón filtra, ordena, busca consenso rápido.
Pero también limita.
Porque cuando algo incomoda, la mente argumenta, justifica o minimiza.
La metáfora, en cambio, entra por otro lugar.
Más emocional.
Más intuitivo.
Menos defensivo.
Y desde ahí abre conversaciones que, de otro modo, no aparecerían.
Por eso usamos metáforas en sesión
No por estética.
No por creatividad vacía.
No para “hacer dinámicas”.
Las usamos porque permiten:
- Acceder a lo no dicho.
- Compartir percepciones sin confrontar.
- Generar lenguaje común.
- Mirar la realidad desde otro ángulo.
Y, sobre todo, porque ayudan a que los equipos no solo entiendan lo que les pasa…
Sino que puedan verse dentro de ello.
Al final, trabajar con metáforas es aceptar algo muy humano:
Podemos describir el mar, el horizonte y el faro…
y estar de acuerdo.
Pero lo que cada uno siente al mirarlos…
ahí empieza la verdadera conversación.
Además, para Solorelatio estas 2 imágenes son muy importantes. Nos han llevado a nuestro encuentro anual. Un lugar para parar, conversar, escucharnos, decidir y disfrutar.