Hace diez meses me mudé de país. Lo que más me sorprendió no fue aprenderme nuevas calles o acostumbrarme a nuevas costumbres. Fue descubrir cuánto esfuerzo mental requiere dejar de funcionar en automático.
Cuando cambiamos de entorno, incluso las actividades más cotidianas dejan de serlo. Cambian los horarios, las formas de relacionarnos, los códigos sociales, la manera de trabajar e incluso la forma de entender el tiempo. Lo que antes ocurría de manera natural empieza a requerir atención, observación y aprendizaje.
Y aunque este proceso puede resultar agotador, también tiene algo extraordinario: nos obliga a adaptarnos.
La adaptación suele asociarse a grandes transformaciones, pero en realidad comienza en los pequeños detalles. En aprender nuevas dinámicas, incorporar nuevas perspectivas y cuestionar aquello que dábamos por sentado. Es precisamente ahí donde ocurre uno de los aprendizajes más valiosos para cualquier profesional: descubrir que existen múltiples maneras de hacer las cosas.
Desde la neurociencia, este proceso tiene una explicación clara: la neuroplasticidad.
La neuroplasticidad es la capacidad que tiene nuestro cerebro para reorganizarse a través de la experiencia. Cada vez que nos enfrentamos a algo nuevo: una conversación, una cultura distinta, una forma diferente de trabajar o incluso una nueva rutina. El cerebro crea y fortalece conexiones neuronales que le permiten adaptarse a esa realidad.
En otras palabras, las nuevas experiencias no solo nos enseñan cosas nuevas. Nos enseñan a pensar de formas nuevas.
Y ese matiz es importante.
Porque la verdadera transformación no ocurre únicamente cuando adquirimos conocimiento. Ocurre cuando ampliamos nuestra manera de interpretar el mundo.
Aprender también implica desaprender
Cuando hablamos de aprendizaje solemos pensar en incorporar nuevas herramientas, metodologías o conocimientos. Sin embargo, una parte importante del aprendizaje consiste en algo mucho más complejo: desaprender.
Desaprender no significa olvidar lo que sabemos. Significa cuestionar aquello que hemos dado por hecho durante mucho tiempo.
Mudarse de país tiene algo de eso.
De pronto descubres que muchas de las cosas que considerabas normales no son universales. Son simplemente familiares. La manera de trabajar, de comunicarse, de relacionarse o incluso de resolver problemas puede variar enormemente entre contextos.
Y cuando eso ocurre, aparece una pregunta poderosa:
¨¿Y si mi forma de hacer las cosas no es la única posible?¨
La neuroplasticidad nos permite justamente eso: flexibilizar nuestras respuestas y abrir espacio a nuevas posibilidades.
Nuevas experiencias, nuevas perspectivas
Quizás uno de los efectos más interesantes de exponernos a nuevas experiencias es que dejamos de asumir que nuestra perspectiva es la correcta por defecto.
Cuanto más conocemos realidades diferentes, más capaces somos de convivir con la complejidad.
Entendemos que dos personas pueden llegar a conclusiones distintas a partir de experiencias igualmente válidas. Que existen diferentes formas de comunicarse, de liderar, de colaborar e incluso de entender el éxito.
Y eso cambia profundamente nuestra manera de relacionarnos con los demás.
La adaptación deja entonces de ser una habilidad de supervivencia para convertirse en una habilidad de liderazgo.
Porque liderar no consiste únicamente en tener respuestas. También implica comprender perspectivas que son diferentes a la propia.