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Sobre Cambio (II) ¿Por qué nos resistimos al Cambio?

Es paradójico. Cambiamos para conservar algo y sobrevivir en el entorno en el que nos toca vivir. Por tanto cambiamos para perseverar y seguir existiendo. Pero, entonces… ¿por qué nos resistimos tanto a cambiar?

Nos resistimos por que cambiar implica romper el equilibrio en el que vivimos. Porque rompe la zona de confort que hemos construido en un determinado momento. Nos resistimos porque cambiar pone en peligro nuestra adaptación habitual al entorno.

Cambiar, ya sea incorporando, modificando o dejando de lado algún elemento, supone desaprender una conducta, creencia o valor que tenemos profundamente arraigado y exponernos a algo distinto, que puede ser difícil, que nos deja al descubierto ante los demás y que puede llevarnos al fracaso y por tanto, es enormemente arriesgado.

¿Qué responderíamos si nos preguntaran si preferimos sentir o no sentir dolor? Mejor sería no sentirlo, ¿verdad? ¿Pero qué sucedería si no sintiéramos ese dolor y ese sufrimiento? Jorge Wagensberg nos ofrece una respuesta:

“¿Por qué se sufre? Sufrir es un estímulo que la selección natural ha favorecido como aviso eficaz de que algo va mal entre un animal y la incertidumbre que le rodea. Los animales que accedieron a la existencia sin sensibilidad para sufrir ya no están en ella. No quedan animales inapetentes en el paisaje (se han muerto de hambre por falta de hambre). El sufrimiento es, al parecer, un requerimiento de la alta complejidad que resulta de una alta incertidumbre ambiental. Hasta aquí, el mundo es así porque así está
hecho.”[1]

Por tanto si cambiar es un proceso que, aunque natural, a menudo lo vivimos como arriesgado y generador de sufrimiento al perturbar un statu quo hemos de aceptar que cambio y resistencia son pareja de baile inseparable.

zona de confort

Las resistencias a cambiar están relacionadas con “el horror de darnos cuenta de que, para conseguir algo nuevo, tenemos que cambiar”. Y por tanto lo que mantiene esa resistencia es la fuerza que nos hace quedar dentro de lo conocido.

Compensar este impulso del miedo al cambio sólo es posible en la medida en que el ansia por aprender, es decir, por cambiar, supere la angustia que provoca entrar en lo nuevo y en lo desconocido. Sólo entonces se podrá empezar a movilizar el cambio.

El cambio es, por tanto, un proceso emocional.

Si el miedo previene contra el peligro y la amenaza de lo desconocido, la rabia facilita nuestra defensa ante ellos. Y si la tristeza, tras el proceso de duelo, nos permite soltar y dejar ir lo que ya no nos sirve, la alegría nos permite estar abiertos y celebrar lo nuevo que nos llega.

El problema surge cuando nos quedamos atrapados en una determinada emocionalidad, repitiendo patrones de reacción y, en consecuencia, dificultamos el proceso de transición que genera el cambio. De esta manera quedarnos en el miedo puede llevarnos al bloqueo y al aislamiento, la rabia a la agresión descontrolada, la tristeza a la depresión y el exceso de alegría a la pérdida de conexión con la realidad.

Por último, lo vivimos emocionalmente diferente si somos nosotros los generadores del cambio o, por el contrario, si se nos impone, ya que vivimos de manera positiva y proactiva lo primero y habitualmente generamos resistencias en lo segundo.

Es decir, nos gusta cambiar pero no nos gusta “ser cambiados”.

Conectemos entonces con nuestros recursos personales, con nuestro sentido profesional y personal para ganar poder personal. Sólo así podemos transitar través de las naturales resistencias que hemos de superar para avanzar por el camino del cambio, el único posible para alcanzar nuestros retos y nuestros sueños.

(Mira este video para repasar las ideas principales de ¿por qué nos resistimos al cambio?


[1]Wagensberg, J. “La belleza intrínseca del agujeroArtículo en el – El Pais – 9 de Junio de 2001

 

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