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Lo bueno que dejamos de ver

Hace pocos días leía una entrevista en La Contra de La Vanguardia que me impactó. El autor, Óscar Estivill, de 24 años, explicaba una iniciativa tan sencilla como provocadora: recopilar cada día buenas noticias y compartirlas, desafiando así esa especie de convicción colectiva de que solo las malas noticias captan nuestra atención. Y así lo hace en su canal de Instagram, La voz positiva, desde hace 3 años.

Quiero compartir, más allá de lo obvio, la reflexión que me provocó la entrevista.

Estamos de acuerdo, creo, en que cada día ocurren muchas más cosas buenas que malas. Muchísimas más. Personas que ayudan a otras, equipos que cooperan, gestos silenciosos de generosidad, decisiones responsables, aprendizajes, avances, mejoras, conversaciones que acercan, proyectos que salen adelante gracias al compromiso de muchos.

Y, sin embargo, lo que vemos —o al menos lo que más nos impacta— suele ser lo contrario: lo negativo capta nuestra atención. Lo malo ocupa espacio. Lo que falla reclama atención e intervención. Y probablemente tiene lógica: como seres humanos necesitamos detectar amenazas, anticipar riesgos, corregir errores. Es un mecanismo útil e incluso necesario.

El problema aparece cuando esa lógica se convierte en la única mirada, porque entonces dejamos de ver todo lo demás.

Y esta reflexión me lleva a compartir que esto mismo ocurre constantemente en nuestras organizaciones.

¿Cuánto tiempo dedicamos a hablar de lo que no funciona?

De aquello que debería haber salido mejor. De quien no está dando lo esperado. De los errores. De los retrasos. De las desviaciones. De lo pendiente. De lo que falta.

¿Y cuánto tiempo dedicamos a identificar, reconocer y amplificar aquello que sí funciona?

No me refiero a caer en un optimismo ingenuo o a ignorar los problemas. Las organizaciones necesitan exigencia, adaptación y mejora continua. Lo sabemos bien, ya que trabajamos en ello.

Pero también sabemos —aunque a veces lo olvidemos— que una organización no se sostiene únicamente corrigiendo lo que falla.

Se sostiene, sobre todo, gracias a una inmensa cantidad de comportamientos positivos cotidianos que rara vez reciben atención.

Personas que sostienen conversaciones difíciles con respeto.

Profesionales que acompañan a otros sin que nadie se lo pida.

Equipos que resuelven problemas antes incluso de que aparezcan.

Personas que generan confianza, que escuchan, que contienen, que aportan criterio, que cuidan relaciones y que hacen que las cosas ocurran.

Y muchas veces en silencio. Y aquello que no se nombra acaba volviéndose invisible.

Me pregunto, y lo he confrontado muchas veces con equipos directivos, cuántas personas que hoy describimos como desmotivadas son, en realidad, personas que estuvieron demasiado tiempo sin sentirse vistas, sin ser reconocidas por las pequeñas cosas buenas que cada día siguen haciendo y, tal vez, “castigadas” por algo puntual que no hicieron bien…

Y es que cuando la atención está puesta en lo que falta, incluso quienes aportan acaban dudando del valor de lo que hacen.

Y aquí amplío mi reflexión, y quizá es un doble salto mortal, pero lo elevo a otro nivel: ¿Para qué están las empresas? ¿Qué es lo que valoramos de las organizaciones? ¿Miramos su positiva contribución a la sociedad, su verdadera razón de ser -desde nuestro paradigma-, o las juzgamos por los beneficios que obtienen a final de año considerándolas, sin más, “explotadoras capitalistas”?

Desde el punto de vista de Solorelatio, y nuestro Modelo de Valor Total, una organización no debería maximizar exclusivamente el resultado económico. Pero si ponemos sólo el foco en lo que ganan y las etiquetamos negativamente por ello, quizá perdemos de vista que una buena salud económica hace sostenible un proyecto que genera valor real para la sociedad, para sus clientes, para sus equipos, para sus comunidades… De nuevo, ¿dónde ponemos la mirada?

Si reducimos el propósito organizativo únicamente al resultado financiero, desde luego dejamos poco espacio a que las personas se conecten con el sentido de lo que hacen, de su trabajo.

Las personas necesitan sentir que aquello a lo que dedican una parte tan significativa de su vida contribuye a algo valioso.

Una propuesta sería que las organizaciones no solo presentaran sus  resultados económicos, sino que publicaran, con el mismo o mayor peso, sus resultados en sostenibilidad, en iniciativas de cambio, en cuidado relacional, en generación de confianza, en cooperación, para que la mirada se dirigiera también es esta dirección. Hay interesantes iniciativas en este sentido (B-Corp, Economía del bien Común, Purpose,…)

Por eso, en Solorelatio, insistimos tanto en lo relacional: porque creemos profundamente que las relaciones —internas y externas— no son un elemento accesorio sino parte esencial de aquello que hace posible los resultados, y también del bienestar y del cambio, ya que reconocer lo bueno no significa negar lo que necesita cambiar.

Porque cuando una organización aprende a identificar y amplificar lo que sí funciona, el cambio deja de vivirse únicamente como corrección para convertirse también en posibilidad.

Por tanto, y como conclusión, mirando tanto al contexto general, como a las personas y a las organizaciones, la pregunta no sería únicamente qué debemos corregir sino…

¿Qué estamos dejando de ver porque seguimos mirando demasiado tiempo aquello que falla?

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