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Comunicar se escribe con C de Congruencia

Pocas cosas son tan importantes, en un directivo, como ser congruente.

Ser congruente es que las intenciones se demuestren con las acciones.

Ser congruente es que los valores que predicamos se demuestren con los valores “en uso”.

Ser congruente es hacer lo que hemos dicho que haremos, actuar como hemos dicho que actuaremos, y hacerlo de forma asertiva.

La congruencia, en definitiva, implica encontrar el equilibrio entre lo que hacemos, lo que pensamos y lo que sentimos.

La congruencia desprende autenticidad, sinceridad, credibilidad.

Y la congruencia se demuestra, en muchas ocasiones, a través de nuestra comunicación.

Comunicamos lo que somos, y aunque podemos intentar disfrazarlo, si lo que sentimos/pensamos no se correlacionan con lo que decimos/hacemos sentimos que la persona nos defrauda. Perdemos la referencia.

Pero cuando lo que sentimos/ pensamos y lo que decimos / hacemos están en un eje de equilibrio perfecto, nos llega un mensaje 100% congruente. El mensaje, los gestos, el tono de voz nos llegan con una armonía perfecta. Y esta congruencia refuerza la confianza interna. No es tan importante si lo que me dicen es lo que yo quería oír o no, como que me lo digan sin fisuras, sin engaños, sin trampa, sin doblez.

En nuestro trabajo frecuentemente necesitamos confrontar a los clientes con esta coherencia interna: “¿Qué vas a hacer cuando el directivo xxx no respete los acuerdos alcanzados?” o “Qué pasará cuando haya un incumplimiento de los valores que habéis declarado y comunicado?”. Pero también necesitamos hacerles ver cuando ellos mismos son incongruentes, por ejemplo, al querer dar un mensaje positivo pero hacerlo en tono amenazador: “Estáis trabajando muy bien, PERO cuidado no os relajéis!”. O cuando queremos dulcificar tanto un mensaje que se nos hace desagradable que la persona que lo recibe ni siquiera sabe lo molesta que yo estaba al decírselo!

Cuando nuestra comunicación es coherente, se crea una suerte de magia entre el director y el colaborador, entre el comunicador y el grupo. Un sentido de comunidad. Un sentido de unicidad. Transparencia, claridad.

Evidentemente no es fácil lograr esta congruencia interna, ni lograrla siempre. Implica coraje y valentía; implica ser coherente, y tener una alta conciencia de un@ mism@, una alta Inteligencia Emocional.

La congruencia es un tema de “Actitud”. Curiosamente me he encontrado en muchas ocasiones con que al cliente se le hace difícil diferenciar la Actitud de las habilidades o técnicas. La Actitud está en la base. Si la conciencia sobre nosotros mismos no se activa, por mucha técnica sobre cómo enfocar una conversación, por mucha habilidad de liderazgo o de comunicación que practiquemos, no habrá congruencia.

Por eso comunicar requiere, necesariamente, entrar en contacto con lo que estoy sintiendo cuando tengo que decir algo, e identificar no sólo mis emociones sino también el diálogo interno que estoy sosteniendo. Implica decidir y arriesgarme para mostrar lo que quiero mostrar, de forma honesta, sin histrionismos, sin buscar la complacencia, ni sin dar por sentado que no voy a gustar.

La congruencia es un acto directivo, quizá el más importante de todos. Es lo que nos permite mirarnos al espejo cada mañana y saber que la imagen que nos devuelve es la que estamos mostrando a nuestros colaboradores, a nuestros homólogos, a nuestros jefes, y al mundo, finalmente.

La congruencia que mostramos es lo que invita a los demás a ser vist@s como referentes.

Y es un reto constante que no podemos dejar de perseguir.

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