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Posverdad: nos creemos todo lo que leemos

El 70% de los internautas tienen dificultades para distinguir entre una noticia verdadera y una falsa según la Asociación de Internautas. No sé si es por pereza, cansancio, ignorancia o falta de criterio para contrastar la información o la fuente, pero así es.

Hay autores que advierten de que el problema es una cultura online incapaz de distinguir entre realidad y ficción. A esto añadamos la cantidad de información a la que tenemos acceso y a la velocidad que nos llega sin darnos tiempo para reflexionar. Y podemos decir que prácticamente nos creemos todo lo que leemos.

¿Pero porque algo aparezca escrito o publicado ya es real?

Lo cierto es que seleccionamos la información que nos llega en función de si confirma o refuta nuestras creencias sobre un tema. Si queremos podemos encontrar artículos a favor y otros detractores del tema que nos interesa pero no acostumbramos a hacerlo y al final nuestras decisiones son emocionales.

“Todos estamos atrapados dentro de nuestro cerebro, que es muy limitado y proclive a los errores, analizando un mundo infinito y tratando de entenderlo”, explica Andrew Newberg, investigador de la Universidad de Pensilvania y autor del libro Por qué creemos lo que creemos. “En última instancia, nunca estamos seguros del todo de si nuestra interpretación del mundo es precisa”, continúa. “Basándonos en la información que encontramos, desarrollamos creencias sobre el mundo basadas en las funciones de nuestro cerebro”. “Nuestro cerebro es una máquina de crear creencias”, afirma.

“Cuando la gente desarrolla una creencia particular, incluso una que se contradice con los hechos, su cerebro continúa sustentando esa creencia”, señala Newberg. “Las neuronas que se activan juntas se conectan. Cuanto más creemos algo, más fuerte se vuelve la creencia, incluso frente a ingentes cantidades de datos que la contradigan. Y no tiene que ver con la inteligencia”, concluye.

Preferimos que las noticias nos den la razón y en caso contrario ya nos encargamos de que los datos encajen en nuestros esquemas mentales.

Si tenemos en cuenta cómo funciona nuestro cerebro, el volumen de información a la que tenemos acceso, la rapidez de los acontecimientos y el estado emocional en el que está la sociedad ante las diferentes amenazas actuales, diría que ha crecido de manera exponencial el nivel de complejidad al que nos enfrentamos y a ello añadamos que se dan las circunstancias ideales para que la posverdad ocupe un lugar.

¿Qué es la posverdad? el Diccionario Oxford señaló como palabra del año 2016 post-truth, posverdad, y la define como la “circunstancia en que los hechos objetivos tienen menos influencia en la opinión pública que las emociones y las creencias personales».

No es algo nuevo. Desde antes de Hitler hasta Trump tenemos muchos ejemplos, como cuando Kellyanne Conway, Directora de campaña de Trump habló sobre la “matanza de Bowling Green” algo que en realidad nunca ocurrió. Pero ahora parece que su efecto se ha multiplicado. Facebook es el medio de comunicación más potente del planeta. Pero cuanto más cerrada y endogámica es nuestra red, descubrimos menos opiniones divergentes a la nuestra y reforzamos nuestras ideas. Su algoritmo se encarga de que lo que veamos sea lo que más nos gusta ver y a lo que más relevancia le damos. Es un círculo vicioso que se fortalece en las redes sociales. Estas son mayoritariamente divulgadoras de emociones y la sociedad mediática es cada vez más una farsa. La ignorancia es mucho más atrevida que el conocimiento.

La Ilustración y el método científico no niegan que uno pueda tener creencias u opiniones personales, pero le pide que las funde en hechos y las defienda con argumentos lógicamente construidos. De ese proceso se deriva la verdad. No una gran verdad filosófica imperecedera, sino «las modestas verdades de los hechos»[1].

Somos la sociedad que más información tiene pero al mismo tiempo dicha información nunca ha sido más falsificada y pervertida que ahora. Y su efecto lo podemos observar en todos los ámbitos: política, comunicación, publicidad, empresa y, por consiguiente, en la vida, siendo la política, la sanidad y la alimentación los temas más recurrentes y virales sobre los que suele tratar el rumor.

En el mundo de la empresa posmoderna, decir mentiras, y la posverdad es una mentira, en muchos casos sale a cuenta. Las compañías corruptas y aquellas que promueven el fraude y la mentira en su negocio cuentan con que sus stakeholders (inversores, clientes, proveedores..) son proclives a los rumores, infundios y desmentidos que circulan en el mundo del dinero.

‘Normalization of lying at work’[2] es un interesante estudio que analiza el impacto de la posverdad en el ámbito empresarial, con ejemplos que todos podemos recordar, desde la norteamericana Enron, que durante años falseó la información financiera, al más reciente de Volkswagen con la manipulación programada de la emisión de gases contaminantes en millones de vehículos.

La importancia de que ahora se hable de posverdad radica en que ahora tenemos la necesidad de poner límites al problema. Ser más críticos depende de cada uno de nosotros, ¿Qué harás con la próxima información que te llegue vía noticia, tuit, muro, post (incluido éste), grupo de whatsapp o rumor?  Con tu respuesta estarás potenciando o debilitando el fenómeno” posverdad”.

 

 

[1] Hanna Arendt, filósofa judía estudiosa de los regímenes totalitaristes

[2] Universidad de Cardiff

 

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