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Dejamos huella…

Estas Navidades tuve un sorprendente regalo, sorprendente y profundamente emotivo.

Acepté una invitación de amistad en Facebook  sin saber con seguridad de quién se trataba. El motivo es que yo conocía a la persona por un nombre de pila diferente al que actualmente usa.

La sorpresa fue que me comentó que aún recordaba mis clases y tutorías 29 años después de que yo hubiera sido su “profe” y que sentía saber que ya no me dedicaba a eso por los alumnos que ya no habían podido disfrutar de mis enseñanzas. Entonces confirmé que, a pesar del cambio de nombre, se trataba de una alumna que tuve cuando, poco después de licenciarme, estuve dando clases en un colegio en Barcelona.

Pero lo emotivo e impactante del tema, lo que me sacudió, fue que, al contestarle yo agradecida por sus palabras, me añadió lo siguiente: “no quiero desaprovechar la ocasión para agradecerte que en su momento confiases en mí y me dieses el apoyo que necesitaba en un momento en que no me lo pasaba demasiado bien por una situación que actualmente se vive «con nombre y apellido» cómo es el bulling. Gracias por no dejar que una cría cómo era en aquella época se hundiese sin remedio.”

Por supuesto yo recordaba que era una niña que no lo había pasado bien en el Colegio… Recordaba haberme enfrentado con sus compañeros en ocasiones y protegerla… Pero NUNCA, NUNCA, NUNCA pensé que yo podía haberle dejado ni la más mínima huella positiva; NUNCA pensé que me podía recordar por haberla ayudado a no hundirse… Nunca pensé que mi actuación hubiera sido importante para ella.

Y a la vez que sentía una profunda emoción y gratitud por el REGALO de su reconocimiento y por saber que le había sido útil, sentí un tremendo pánico. Yo no me sentía merecedora de tan profundo agradecimiento!! Pensé que podía haber hecho más, mucho más por ella. Que ahora actuaría de otra forma… Y me pregunté: ¿Supe o pude ayudar a otros niñ@s como ella? ¿Fui tal vez la causante de que otr@s niñ@s no se sintieran apoyados o acompañados? ¿Alguno me podía recordar por todo lo contrario, por haberle dado la espalda, por haberle ignorado??

Y no podía responderme, porque no era consciente de que yo era una figura crítica para esos niños, un referente en una edad muy sensible…

Y reflexioné sobre la poca conciencia que tenemos del profundo impacto que ejercemos en las personas con las que trabajamos, con las que vivimos… Dejamos huella, para bien o para mal, dejamos huella…

Actualmente, en mi trabajo como consultora en SOLO, sigo relacionándome con muchas personas… a diario!! Personas que en ocasiones están pasando por momentos de fragilidad y que no sabemos cómo pueden procesar algunos mensajes que lanzamos… personas que no han decidido voluntariamente que quieren estar ahí, y las estamos abriendo a contemplar cambios para los que quizá no se sienten preparadas… Personas… y por ello altamente sensibles… No son niños, pero emocionalmente están expuestos…  y nosotros, inevitablemente, impactamos, influimos en ellos… En ocasiones podemos dejar huella imperceptible, pasar casi desapercibidos y no ser ni recordados. Pero en otros casos impactamos con fuerza, para bien o para mal…

Así que lo que nos queda es actuar conectados con una profunda intención de ayuda; actuar con floreshumildad y respeto; actuar sabiendo que podemos estar equivocados, y pedir perdón por todas las veces que no hemos sabido leer en la mirada del otro una petición de apoyo, una necesidad de acompañamiento…

 

Y si lo comparto en este espacio es porque creo que los directivos y responsables de empresas que nos leéis, los consultores, todos los que os interesáis por nuestro trabajo estaréis de acuerdo en que cada acto de nuestra vida, consciente o inconsciente, en el que nos relacionamos con el otro, con los otros, es un espacio que deja huella… Procuremos que sea una huella hermosa y profunda!

Recuerdo un bello proverbio que dice: “Derrama flores por donde quiera que vayas, porque no volverás a pasar por el mismo sitio…”.

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