Empezamos 2026 con datos que no son neutros. Pero tampoco lo explican todo.
El CIS de diciembre de 2025 dibuja un paisaje social marcado por la incertidumbre:
• 79% anticipa una vida más solitaria.
• 84% asocia la tecnología con destrucción de empleo.
• 62% prevé más violencia y 58% más delincuencia.
• 68% cree que la natalidad seguirá cayendo.
• La confianza en los partidos políticos se sitúa en 3,5 sobre 10.
Es el clima de fondo en el que vivimos y trabajamos y ya no es solo una anécdota.
Ahora bien, conviene hacer una distinción importante: este contexto no determina automáticamente lo que ocurre dentro de las organizaciones. No todas las empresas generan soledad, se vuelven defensivas o destruyen empleo. No todos los equipos se fragmentan. Pero sí aumenta la probabilidad de que aparezcan dinámicas de repliegue, desconfianza o cortoplacismo cuando no se cuidan ciertos factores clave.
Y ahí empieza el verdadero trabajo. La empresa no es una víctima de las circunstancias, pero ha de tomar decisiones ya que las personas no dejan su percepción del mundo en la puerta cuando entran a trabajar. Traen preocupaciones, cansancio, expectativas y también ganas de contribuir. La organización no puede controlar el contexto, pero sí puede decidir qué hace con él.
Algunas empresas, sin pretenderlo, amplifican el ruido externo: más urgencia, más presión, menos conversación. Otras consiguen algo mucho más valioso: convertirse en espacios donde, aun en contextos complejos, es posible pensar con cierta calma, cooperar y tomar decisiones razonables.
No es ingenuidad. Es oficio, tecnología, cambio y sentido.
Que un 84% de las personas perciba la tecnología como amenaza no habla de la tecnología. Habla de cómo se introduce el cambio. Cuando no hay relato, ni acompañamiento, ni conversación, el cambio se vive como algo impuesto. Aquí no estamos ante un problema de resistencia, sino de ausencia de sentido compartido. Y sin sentido, no hay adaptación real.
En el post “Cuando VUCA ya es un estado de ánimo”, planteábamos que la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad ya no describen solo el entorno: habitan en las personas. Y eso conecta directamente con los datos del CIS: más individualismo (55%), más soledad (79%), debilitamiento de la familia (55%) y menor atención a los mayores (57%). En este contexto, la calidad de las relaciones deja de ser un “tema blando” para convertirse en una condición de posibilidad.
Nuestra experiencia es clara: el cambio positivo no empieza con grandes reestructuraciones ni con nuevos modelos. Empieza en lo cercano. En cómo se toman decisiones. En cómo se gestionan los conflictos. En qué conversaciones se evitan… y cuáles se atreven a abrirse.
Trabajar la confianza y la cooperación no es negar la dureza del contexto. Es tomárselo en serio.
Porque cuando las relaciones funcionan, aparece la posibilidad: de pensar mejor, de asumir responsabilidad compartida y de adaptarse sin romperse.
Una invitación final para iniciar el año
No podemos elegir el contexto. Sí podemos elegir cómo trabajamos dentro de él.
Si en tu organización notas más ruido del deseable, conversaciones bloqueadas o decisiones cada vez más defensivas, quizá el primer paso no sea estructural. Quizá sea relacional.
Ese es el trabajo que hacemos.
Si te resuena, conversemos. A veces, una buena conversación es el inicio de un cambio mucho mayor.